La velocidad con la que avanzan la inteligencia artificial, la automatización y las tecnologías digitales ha generado una conversación constante sobre el futuro del trabajo. Con frecuencia discutimos cuáles empleos desaparecerán, qué habilidades serán más demandadas o cómo prepararnos para los cambios tecnológicos que ya están transformando la economía. Sin embargo, desde la experiencia de Fundación IntegraRSE y Alianza NEO hemos aprendido que existe una pregunta previa: ¿quiénes están teniendo acceso a las capacidades necesarias para participar en ese futuro?

La respuesta es particularmente relevante cuando hablamos de juventudes. Durante años, una parte importante de las personas jóvenes en México ha enfrentado obstáculos que van mucho más allá de la tecnología: pobreza, trayectorias educativas incompletas, ausencia de redes de apoyo y dificultades para acceder a un primer empleo formal. En el análisis realizado con jóvenes participantes de Alianza NEO entre 2019 y 2024 observamos que cerca del 80% provenía de hogares por debajo de la línea de pobreza y que el 51% se encontraba fuera del sistema educativo y laboral al momento de ingresar al programa.
Estos datos nos recuerdan que la brecha digital no comienza con el acceso a la inteligencia artificial; comienza mucho antes, cuando una persona no tiene acceso a oportunidades de aprendizaje, capacitación y desarrollo que le permitan construir un proyecto de vida con perspectivas de crecimiento.
La buena noticia es que las capacidades sí cambian trayectorias. En Alianza NEO tenemos evidencia de que seis meses después de concluir los programas de formación, el porcentaje de jóvenes que no estudiaba ni trabajaba se redujo de 51% a apenas 11%. Al mismo tiempo, el 77% se encontraba trabajando y otro 9% estudiando y trabajando, lo que significa que la tasa de ocupación alcanzó 86%.
Más allá de la cifra, lo que estos resultados reflejan es algo que observamos constantemente en campo: cuando las juventudes reciben oportunidades reales, responden. La narrativa que presenta a las personas jóvenes como desinteresadas o poco comprometidas rara vez coincide con la realidad. Lo que encontramos son jóvenes con ganas de aprender, trabajar y construir un futuro mejor, pero que frecuentemente enfrentan barreras estructurales para hacerlo.
También aprendimos que no toda capacitación genera los mismos resultados. Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que las especialidades técnicas vinculadas a sectores productivos con alta demanda tienen un impacto claro en los ingresos de las personas participantes. Esto es relevante en el contexto de la inteligencia artificial y automatización porque aunque muchas tareas podrían cambiar, hay conocimientos, oficios y capacidades prácticas que la tecnología no puede sustituir con la misma precisión, rapidez ni criterio humano. Aprender una habilidad técnica no sólo sirve para desempeñar una función específica; también desarrolla disciplina, resolución de problemas, capacidad de aprendizaje y adaptación, y competencias fundamentales para enfrentar los cambios que traerá la automatización.
Además, la escasez de personas para esos oficios y labores ha sido notoria al ver el incremento en los sueldos, por ejemplo, notamos que las personas capacitadas como operadoras de quinta rueda alcancen ingresos promedio cercanos a los 20 mil pesos mensuales, mientras que otras especialidades industriales como mantenimiento, CNC, soldadura y montacargas también presentan ingresos superiores al promedio observado en perfiles menos especializados.
Este hallazgo es particularmente importante en un contexto de transformación tecnológica acelerada. Con frecuencia hablamos de habilidades digitales como si fueran el único camino hacia la inclusión laboral, pero la evidencia muestra que las juventudes necesitan una combinación de competencias: habilidades técnicas especializadas, herramientas digitales, capacidades socioemocionales y oportunidades de vinculación con el mercado laboral.
La inteligencia artificial seguramente transformará procesos de trabajo, pero difícilmente sustituirá la necesidad de formar personas capaces de resolver problemas, adaptarse a nuevos entornos, aprender continuamente y colaborar con otros. De hecho, conforme las tecnologías se vuelven más accesibles, las habilidades humanas adquieren aún más valor.
Otro aprendizaje relevante es que el acceso a capacidades no garantiza automáticamente la inclusión. Las barreras sociales siguen pesando. El análisis de Alianza NEO muestra que, aunque las tasas de empleo aumentan tanto para hombres como para mujeres, las trayectorias no son iguales. La ocupación total después del egreso alcanza un 91% en hombres, mientras que en mujeres llega a un 69%. En ese sentido, es muy probable que la automatización y la inteligencia artificial afecte más a las mujeres dado que está sustituyendo los trabajos con más participación femenina: asistentes, administración, secretariado, etc. Esto amplía más la brecha.
Cuando profundizamos en las razones de esta diferencia encontramos un dato revelador: entre las mujeres que permanecen fuera del mercado laboral y educativo, el 72% son madres. Sin embargo, al mismo tiempo observamos que una gran proporción de las mujeres que sí trabajan o estudian también tienen hijos. Esto nos lleva a una conclusión importante: el problema no es la maternidad, sino la falta de condiciones que permitan compatibilizar las responsabilidades de cuidado con las oportunidades económicas.
Esta realidad obliga a replantear la manera en que entendemos la inclusión. No basta con ofrecer capacitación o acceso a herramientas digitales. También es necesario construir ecosistemas de apoyo, generar condiciones laborales más flexibles y reconocer que existen desigualdades que requieren respuestas específicas.
Además, los hallazgos muestran que la calidad de la inserción laboral importa tanto como la inserción misma. El 64% de las personas egresadas que trabajan reporta ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. Asimismo, cuando el empleo está relacionado con la capacitación recibida, el nivel de satisfacción laboral alcanza 85%. Cuando esa relación desaparece, la satisfacción cae a 64% y aumentan las probabilidades de rotación laboral.
Esto nos lleva a una reflexión más amplia sobre el fortalecimiento de capacidades. El objetivo no debería limitarse a que las juventudes accedan a cualquier empleo, si no a construir trayectorias sostenibles que les permitan desarrollar su potencial, continuar aprendiendo y ejercer una participación activa en sus comunidades.
Desde Fundación IntegraRSE y Alianza NEO creemos que la formación de capacidades es mucho más que una estrategia de empleabilidad. Es una estrategia de ciudadanía. Cada joven que adquiere nuevas habilidades técnicas fortalece su confianza, amplía sus oportunidades y participa de manera más activa en la vida económica y social de su comunidad.
Por ello, frente a los debates sobre inteligencia artificial y transformación digital, quizá la pregunta más importante no sea ¿Qué tecnologías utilizaremos en el futuro? sino ¿Cómo garantizamos que más personas tengan las capacidades necesarias para aprovecharlas? La tecnología seguirá evolucionando. Lo verdaderamente decisivo será nuestra capacidad para asegurar que ninguna persona joven quede excluida de las oportunidades que esa transformación puede generar.