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Monterrey no es una isla: testimonios de empatía regia

Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; todo hombre
es un fragmento del continente, una parte de un conjunto.- John Donne

Empatía: la medicina que necesita el mundo en estos momentos. La capacidad de reconocer, comprender y, por un instante, cargar con lo que otras personas sienten o piensan; ponerse en los zapatos del otro aunque no sean de tu talla, aunque traigan polvo de otra calle.

Pero en la Zona Metropolitana de Monterrey, hacer el bien sin mirar a quién pareciera más retador que nunca. No porque falten problemas —de esos hay de sobra— sino porque nos está faltando algo más básico: creer que vale la pena movernos por lo común. La encuesta Cultura de la Legalidad y Participación Ciudadana 2023, elaborada por Consejo Nuevo León y Hagámoslo Bien, muestra un dato que debería sacudirnos: casi siete de cada diez personas no tienen interés en participar en asuntos de su comunidad, y apenas alrededor de una tercera parte sí lo tiene, sobre todo en lo que ocurre en su colonia. 

Con ese telón de fondo, pareciera que aquí, donde la ciudad corre todo el día, ya casi nadie se queda quieto para contemplar y pensar en otros. Y eso es un problema serio, porque cuando la participación se vuelve una excepción, la esperanza se convierte en un lujo.

En ese contexto, la organización de la sociedad civil Paz Es ABP publicó Monterrey no es una isla. Vidas que inspiran. El libro viene a recordarnos algo tan simple como urgente: que la empatía no es un eslogan, es una práctica cotidiana. Y que, aunque a veces no lo parezca, en esta metrópoli sí hay gente haciendo cosas grandes todos los días, aunque casi nadie las vea.

Una realidad duele

La historia de este libro no empieza en una imprenta; empieza con una encuesta hecha hace 15 años en colonias vulnerables de la metrópoli. Paz Es ABP le preguntó a niñas y niños qué querían ser de grandes. 66 por ciento respondió que quería ser “narco”. No era un chiste oscuro: era un espejo de lo que estaban viendo todos los días.

Francisco Porras, fundador y presidente de Paz Es, recuerda que ahí identificaron dos cosas: un vacío brutal de referentes positivos, y una costumbre social de reconocer solo a quienes tienen dinero o cargo público. Mientras tanto, se nos estaban escapando las historias de quienes sostienen el barrio, la escuela, el hospital, el parque, la cuadra.

De esa herida nació Ciudadanos Ejemplares: primero como cápsulas televisivas que la gente nominaba por correo o llamada; luego como un reconocimiento anual que se ha vuelto parte de la memoria pública de la ciudad. Paz Es y la Secretaría de Participación Ciudadana han celebrado durante años a personas que “levantan la mano y son parte de la solución”, recordando que la participación no es discurso, sino práctica cotidiana.

En quince años, más de 500 ciudadanas y ciudadanos han pasado por esa conversación pública: enfermeras, líderes comunitarios, recolectores de basura, amas de casa, voluntarias y voluntarios en hospitales, jóvenes que organizan actividades deportivas en su colonia. “Un mosaico de gente que está moviendo el sector social en la zona metropolitana”, dijo Francisco. El libro es la continuación lógica: un formato que dura más que un video, que se presta, se hereda, se subraya y se deja en una biblioteca escolar.

Una red ciudadana invisible 

Paz Es define Monterrey no es una isla como una obra que une voluntades y esfuerzos; impulsada por historias que invitan a confiar en el poder transformador de la acción colectiva. Y el título no es una frase bonita: es una postura.

El nombre nació de una idea simple y contundente: esto no va de héroes aislados ni de gestos sueltos. Va de una ciudad que, aunque a veces se sienta fragmentada, está hecha de vínculos; de un ecosistema de personas y acciones que se entrelazan y se sostienen entre sí. Monterrey no es una isla porque ninguna colonia, ninguna causa y ninguna historia cambian el rumbo por sí solas. Cambian cuando se conectan; cuando hacen red; cuando la voluntad individual se vuelve comunidad.

Eso es lo que te encuentras en sus páginas: vida real. Gente que no tenía por qué meterse en líos ajenos… y se metió. Gente común que se organizó, cuidó, insistió, abrió camino. Y al ponerlas juntas, el libro hace algo poderoso: muestra que esas acciones no son accidentes ni excepciones, sino parte de un tejido que existe —aunque casi no lo veamos— y que puede crecer si lo reconocemos.

Pero, Monterrey no es una isla, no sólo mira hacia atrás para contar de dónde viene todo esto. También apunta hacia adelante, hacia el reto que hoy tiene la sociedad civil frente a una ciudad saturada de malas noticias y cansada de creer. Para Francisco Porras, el momento actual es una oportunidad que no podemos dejar pasar:

“Siempre ha habido retos, y ahorita hay una oportunidad en redes sociales para visibilizar los problemas sociales. Antes era difícil y caro. Como sociedad civil debemos reorganizarnos para dar a conocer el trabajo y el impacto que las organizaciones están haciendo… Necesitamos ser proactivos y hacerlo visible”.

La idea es clara: Paz Es ha logrado ser de las organizaciones más visibles en Nuevo León, pero el cambio de fondo no depende de una sola. Depende de que muchas más OSC y ciudadanía organizada se animen a contar —con evidencia, con historias, con rostro humano— lo que sí se está haciendo para sostener la comunidad. Si lo hacemos en conjunto, dice Francisco, sí podemos cambiar la dinámica de las noticias en la ciudad.

Empatía para hacer ciudad

Y si todavía queda la duda de si la empatía es “solo bonita” o realmente tiene peso en la vida pública, vale la pena recordar algo: la empatía no es un lujo sentimental; es una capacidad humana con raíces biológicas, y efectos sociales medibles.

La psiquiatra Judith Orloff, profesora clínica en UCLA, explica que nuestro cerebro está equipado para conectar con otros a nivel profundo: existen sistemas como las neuronas espejo, que nos permiten reflejar las emociones ajenas; fenómenos como el contagio emocional; y mecanismos neuroquímicos que influyen en cuánto nos impacta lo que vive el otro.  En algunos de sus textos, Orloff también menciona hipótesis más amplias sobre la sintonía emocional entre corazón y cerebro —un terreno aún debatido—, pero que apunta a la misma intuición central: estamos hechos para sentirnos entre nosotros. 

Y cuando esa empatía no se queda en emoción, sino que se vuelve acción, el impacto se multiplica. La evidencia sobre voluntariado es clara: participar en actividades solidarias se asocia con mayor bienestar emocional, sentido de propósito y conexión social; y esos efectos no se quedan en la persona, se derraman en su entorno.  No es magia: es salud mental, es tejido comunitario, es la ciudad respirando mejor porque alguien decidió no vivir como isla.

Al final, eso es lo que Monterrey no es una isla pone frente a nuestros ojos: que la empatía no sólo se siente, se organiza; y que cuando se organiza, construye otra realidad posible. Una donde la participación deja de ser excepción y vuelve a ser costumbre. Una donde las historias de gente común haciendo cosas grandes no se pierden en el ruido, sino que se vuelven mapa, referencia y contagio. Porque sí: los cambios que importan casi nunca nacen de un solo gesto. Nacen cuando muchos gestos se reconocen, se conectan y se vuelven comunidad. 

-> No te pierdas el libro escrito por Paz Es ABP, asociado de Consejo Cívico: Monterrey no es una isla. Vidas que inspiran.

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